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jueves, 10 de octubre de 2013

EL CIRCO, NÓMADAS DEL SIGLO XXI

El Circo, nómadas del siglo XXI


“Ellas tienen una precisión exacta”, dice satisfecho Héctor Monge, a sus 49 años. Serio, delgado y de piel curtida por el sol. Viste en azul marino, con vivos amarillos y rojos en la parte frontal del saco, como soldadito de plomo; las franjas amarillas de los hombros, jalan la mirada. Mientras llega su turno, platicamos atrás del telón, en los ensayos previos a la temporada. Héctor tiene 30 años dedicado, entre otras obligaciones, a velar por la seguridad de los artistas en escena, “que ingresen y todos los aparatos estén listos”. En el circo conoció a su esposa, secretaria de los dueños, y vio crecer a sus hijos. Antes de salir a la pista, los miembros del Circo Atayde Hermanos, suelen reunirse y charlar al centro de sus casas rodantes, justo atrás de la carpa. Monge…, también forma parte del espectáculo.
“Me da más confianza a mí, el sentarme y dejarles que hagan lo que tienen que hacer. No practicamos”. Y es que Karla y Gabriela Ortiz, de 28 y 23 años respectivamente –Karla comenzó a los 15 y Gabriela a los 12-, son la cuarta generación de malabaristas –aprendieron de su padre, uno de los mejores de México, y ya enseñan a su hermana Sabina, quien pronto debutará. Ellas presentan un número en el que Héctor Monge se sienta en un banquito, le colocan una cachucha sobre la cabeza, un cigarro en la boca y unos lentes obscuros, bien puestos, y con las clavas -que son como bolos de boliche, pero más grandes y livianos-, queda en medio de Karla y Gabriela, que comienzan a pasárselas de una a otra, tirando primero la gorra de Monge -que conserva una sonrisa socarrona-, luego el cigarro y en tercer lugar, vuelan los lentes obscuros.
Confianza total depositada en el otro, es uno de los aprendizajes que viven entre aquellos que trabajan en el circo. Al mirarlos, uno ya no sabe a quién debe dar el aplauso, si a ellas o a él.
“Nunca he salido lastimado”, agrega Monge, quien además de velar por la seguridad y participar en el acto con Las Ortiz, también supervisa el armado y desarmado de la carpa. Yo pensé que era un circo moderno, pero sus integrantes están corriendo, como en un espectáculo de feria, todo el tiempo. Él, como todos los demás que participan en la función, parece que se entregan al máximo. Y aunque resulte curioso, por añadidura supervisa la venta de palomitas. Antes de que comience, al igual que los demás participantes, acomoda a las personas en las butacas, y al iniciar, se va detrás de la pista, y vigila que todo esté bien armado y el espectáculo se desarrolle sin contratiempos. Su hija mayor estudió la licenciatura en Administración de Empresas, aunque en las noches participa como bailarina en el acto de los elefantes. Su hija menor, acaba de terminar la preparatoria. Me confía que la aspiración de cualquier persona que vive de la carpa, es que sus hijos puedan estudiar de manera formal, como los demás, y agrega que su mayor recompensa es que los artistas pongan en sus manos su seguridad física.

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El Circo Atayde Hermanos, comandado por la tercera y cuarta generación de los Atayde, cumple 125 años, y Héctor Monge los ha acompañado casi toda su vida. Si en sus inicios eran pocos, hoy son unas 80 personas las que lo conforman. Los Atayde son originarios de Zacatecas, México. Todos han estudiado música, pues su padre interpretaba el violín, y les impuso aprender a tocar un instrumento. Se aficionaron desde infantes a la acrobacia, algunos resultaron buenos para ella y otros no, así que poco a poco optaron por la administración del circo, relata Monge.
De 10 hermanos Atayde, son tres los que dirigen la compañía: Andrés, Alberto y Alfredo. Ellos fusionan la tradición europea, en la que existe una sola pista, dando seriedad y parsimonia al espectáculo en sí mismo; con la tradición americana, que da agilidad, ritmo y alegría a la función, pero que impide concentrarse en el acto al tener tres pistas. Esta simbiosis permite mantener un equilibrio y dar respeto al artista; es una idea que viene de Andrés Atayde Arteche, padre de los que hoy dirigen la empresa, y quien obtuviera el récord Guinness en barras.
Parece que Monge sabe todo sobre el circo, pues me comenta que existen unas 700 carpas en la República Mexicana, y unas 20 mil personas que viven de ellas, directa e indirectamente; y mientras son los pequeños los que proliferan, aquellos que a pesar de no pagar impuestos ni los servicios que usan, llegan a las comunidades más apartadas; solo unos cuantos son los que ofrecen un buen espectáculo, tal es el caso de los de los Hermanos Vázquez, los Hermanos Fuentes Gasca y los Atayde Hermanos. Los tres son empresas familiares que se han modernizado. No obstante, Héctor Monge piensa que el futuro del circo en México parece incierto, pues ha perdido en muchos casos sus principales objetivos: llevar distracción y diversión a las zonas más alejadas, ser itinerantes, dar a conocer proezas que los propios seres humanos somos capaces de llevar a cabo con verdadera disciplina y mostrar fauna silvestre originaria de lugares apartados, que difícilmente podrían sus espectadores ver en su hábitat.
El circo vive una verdadera crisis, comenta, pues si quiere preservarse como diversión, tiene que cambiar, porque los que se han modernizado y que parecen dar buenos espectáculos, por sus tamaños no pueden llegar a sitios pequeños. En general, el espectáculo circense cuida cada acto y se vale de la música –ya no en vivo-, la iluminación, el vestuario y “tratamos de adoptar características del teatro. Hoy la actuación es parte de la carpa y a futuro no veo a los animales en él”.
A pesar de que hay actuación, la idea del Atayde es presentar la realidad, no se parece ni a la lucha libre ni a los noticieros, es un espectáculo totalmente en vivo. No hay trucos, lo que ves está pasando en ese momento, señala Monge, que repite lo que le ha escuchado a Alberto Atayde Guzmán, director de Producción, quien a decir de este hombre encargado de la seguridad, es el más “enamorado del Circo”. Alberto ve el ritmo del espectáculo, que en esta temporada inicia con tigres de bengala, porque así, la gente queda seducida desde el primer momento.
En el número final de la función aparece Leandro, un niño de 5 años. Una de las tradiciones del Atayde es que un niño de esa edad lo haga, por lo insólito de que un niño en ese mundo, pueda. En la última escena él se desmaquilla y se quita el atuendo circense, quedando en pantalones de mezclilla, camiseta y chamarra, se coloca una gorra, se observa lentamente frente a un espejo que tiene luces alrededor, sentado él en un banco y repentinamente, la música de despedida se torna festiva; él atraviesa la pista corriendo y al desaparecer por el telón se apagan las luces; que se vuelven a encender pasados unos segundos, para que los artistas, uno a uno, vayan al centro de la pista a recibir el aplauso. Una vez todos en escena, llegará Leandro sobre un elefante; ellos serán los últimos en dejar el lugar. Leandro monta al revés el elefante, mientras envía besos al público.

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Aunque muchos imaginen que los artistas permanecen para siempre en un solo circo, Monge dice que en los grandes, la mayoría solo trabajan por temporadas, porque el repetir plazas, implica necesariamente el cambio de los espectáculos. Los que llegan a tener una vida entera en un solo circo, son los payasos o los domadores. Existen los extranjeros, contratados como atracción para una temporada, mediante el fichaje; los que van cambiando su número de tiempo en tiempo, para permanecer en el mismo, y los que son captados del Atayde, para ir como invitados al extranjero. Planteado así, parecieran nómadas en el siglo XXI.
Si bien en el ambiente es muy importante el abolengo, la Dinastía Circense; el ser de segunda, tercera, cuarta generación…, tantos años de circo Atayde no me llevó a la descendencia de la familia en la carpa, parejas, primos, tíos, sobrinos, hijos. Son contados los Atayde que laboran en la pista, solo tres, la mayoría lo hacen del lado del negocio.
Este hombre vestido como soldadito de plomo, y que nunca se sienta, sabe todo sobre los que participarán esta y cualquier temporada en el circo. Me cuenta que los hermanos Prieto Mora, que llegaron de Colombia, son segunda generación circense y forman el Rialcris Trío. Son de físicos excepcionales y su cuerpo está trabajado al máximo. Monge dice que las mujeres aplauden de solo verlos. A los tres los llevaba su madre a ver a una tía a las funciones. El circo en que su tía trabajaba, fue el primero que trajo a México la ruleta rusa -que consiste en lanzar puñales con una rueda de fondo en movimiento, mientras una persona frente a la rueda, mueve los brazos. En el caso de los tres hermanos, ellos presentan una hazaña de fuerza y equilibrio, pirámides y ejercicios de gran precisión y limpieza sobre una cama elástica. También realizan más actos, pero para montar éste, de pulsadas, ensayaron aproximadamente dos años. Monge dice que hasta los 60s hubo trío de buenos pulsadores en México y que un acto de estos podrían hacerlo hasta los 40 años, no más, calcula.
Así me platica de América, licenciada en Educación Preescolar y ahora asistente de comicidad de Tonito, el payaso del Atayde y su marido. Ella de 31 años y él de 23; o de Los Primos, “orgullosamente mexicanos”, salidos del Zócalo capitalino, con un número de break dance…, “y si son capaces de robar una sonrisa y un aplauso a la gente en la calle, más fácil en el circo”, asevera Monge.

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Colocar la carpa requiere el trabajo de unas 35 personas; 15 de la empresa y 20 contratados en la localidad. Los trabajos comienzan con una avanzada tres semanas antes, para ver permisos del municipio, terreno y difusión.
Las carpas han cambiado en cinco lustros, ya no son de lona, sino plásticas y resistentes al fuego, la lluvia, el viento; muchas cosas se han tecnificado, como el clavado de las estacas para ponerlas en pie. Se ha pasado de los mástiles de madera a torres de acero desarmables. La lona se pegaba al cable y se cosía, hoy ya no se necesita costurar. Día y medio nos tardamos en levantar el Circo y unas seis horas en tumbar y empacar, para salir a la ciudad que sigue, y montar nuevamente, me explica.
A través de los ojos de Héctor Monge, me parece que voy aprendiendo rápido sobre el circo y su gente. Para llevarnos la carpa, “es como empacar, pero en contenedores para trailer. En una caja van las torres, la cúpula y la carpa. En otras tres se coloca la parte interior del pabellón. Una caja más (la quinta), para la pista y el telón. Otras cinco, para los animales”. Con el montacargas se clavan las estacas, lo que evita el trabajo de una veintena de personas, ya que antes esa labor se hacía a mano, recuerda. La actual carpa tiene 90 metros de diámetro.
Este hombre, que así como se encarga de la seguridad, también ayuda a desmontar y montar la carpa, conduce un trailer al viajar de una localidad a otra, recoge el excremento de los elefantes durante la función, apoya en el acomodo de los espectadores, y por si fuera poco, es el encargado de la venta de palomitas durante las presentaciones, sabe, a fuerza de trabajo diario, mucho sobre los dueños del circo. Me platica que Alberto Atayde Guzmán, director Artístico, es el único de los hermanos que sigue saliendo a la pista. Además del espectáculo en sí mismo, su mayor gusto es todo ese trabajo de poner en alto la carpa, aquello que no se ve pero genera gran emoción, siendo como la parte privada del circo.
Todos estos artistas: acróbatas, malabaristas, pulsadores, trapecistas y bailarines, tienen más de un millón de horas hombre de trabajo atrás. No descansan ningún día de la semana, aunque no haya función. Su trabajo es muy demandante.
Un domador permanece todo el día dedicado a sus animales. Todos ellos tienen demasiadas horas invertidas para poder salir a la pista. Hay artistas que llevan desde los 3 años entrenando, comenta visiblemente orgulloso Héctor Monge.
Resulta que fue Aurelio, el abuelo de los empresarios Atayde, hijo de un campesino y ranchero, quien decidió irse a la aventura con el circo que pasó por ahí, “uno de tantos circos” y los padres lo buscaban y lo regresaban a su casa, pero en cuanto pasaba otro circo, “se volvía a ir, hasta que no volvió más”. Monge me cuenta que Alfredo Atayde Guzmán, gerente General del Circo, y tercera generación, estudió piano clásico por 12 años, aunque después, se hizo especialista en los teclados y también estudió la licenciatura en Derecho en la Universidad Iberoamericana. “Si uno no ha vivido las necesidades del artista, uno no las entiende”, advierte Monge. Parece que Alfredo tuvo un espíritu menos aventurero que su abuelo, aunque pensándolo mejor: No tanto, porque Monge también me comentó que por unos cinco años, Alfredo estuvo fuera de las actividades del circo y tuvo su grupo, “Los locos del ritmo”.

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Antes de iniciar la temporada en la ciudad de México, se hicieron dos ensayos. Así suele realizarse en cualquier plaza. El primero comenzó con el acto final de la función, sin el vestuario: La despedida. Todos a la pista, conforme aparecen en el programa, saludando al centro y acomodándose, hasta que todos los artistas están dentro, para hacer la salida triunfal luego del aplauso. Cuando hay temporada en la Ciudad de México, me comenta Héctor Monge que los hermanos Atayde se dejan ver en cada función, porque se sienten parte del espectáculo, aunque no presenten acto en la pista.
Es extraño ver un ensayo sin el atuendo circense, es como si estuviera observando a través del cerrojo de la puerta, esa parte que siempre escapa al público. Y si el primer ensayo sólo se montó el final, en el segundo, corrió una función completa, para marcar tiempos y considerar detalles. Esta segunda ocasión, ya con el vestuario. El estreno sería al día siguiente, un viernes en horario estelar, las 20 horas, y al que se invitó a gente del ambiente artístico, aunque no como antes, en que al circo acudía por ejemplo: María Félix, Cantinflas, Tintán, Pedro Infante y también políticos, recalca Monge.

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Mientras más minutos transcurren, más me percato de lo que sabe este señor, Héctor Monge, y pienso que quizá también podría ser presentador de los actos y todos los personajes del circo, pues parece que los conociera hace mucho tiempo.
Para Mauricio Saavedra Ruiz, sonorense de 30 años y primera generación, su vida transcurre al lado de los elefantes, no sabe si es inglés o alemán el idioma en que les transmite a los paquidermos todas las órdenes, así le enseñaron a hacerlo. Según Monge, buena parte del día está con ellos. Ya vienen entrenados de otros países. Mauricio ensaya a diario con los elefantes, los alimenta con pacas de avena y de alfalfa de sol a sol, y les da de beber un promedio de 150 litros de agua. Al terminar la función les da de cenar. Me explica Monge que los paquidermos son muy nerviosos, y si hay flashasos o el ambiente no es el favorable, ensucian todo el tiempo la pista. ¡Claro, él levanta todo!
El número de los tigres de bengala está a cargo del venezolano Carlos Gaona, otro treintañero. Éste es un acto contratado, porque el Atayde no tiene tigres en su haber, menciona Monge. Gaona es cuarta generación de familia de raíces de circo –todos acróbatas-, él es domador y estudió hasta primero de secundaria. Es robusto, y al parecer, le ha dicho al hombre de las palomitas que lo que más le gusta del circo es el aplauso.
A diferencia de los elefantes, los tigres se bañan diario y comen una vez al día unos 10 kilos de pollo –carnes blancas únicamente: pues en los zoológicos también les dan carne de caballo-, y si son cachorros, se les alimenta con leche y huevo. Se les da de comer después de las funciones y si se alimentan más, no sirven para trabajar, me explica Monge. Contrario a lo que se piensa, me dice que a los animales no se les maltrata y se les estimula con alimento para  realizar los actos. Monge Pavlov.
En el circo, además de las habilidades y destrezas con las que cada quien ha nacido, cuenta mucho la dedicación y el trabajo. Carlos Gaona pasa todo el día con sus animales, incluidos sábados y domingos, porque ya forman parte de su identidad.
Héctor Monge me comparte que aquí se vive rápido, la gente es sana, independiente desde joven, se valen por sí mismos y están acostumbrados a trabajar en equipo. Algo en lo que el circo no ha cambiado, expone, es que sigue siendo un oficio muy sacrificado, que necesita mucha vocación, y en el que se sigue haciendo de todo, mientras no sea su turno de salir a escena a presentar su acto. Aquí se forman familias que trabajan en lo mismo y en el mismo lugar, sin considerarse nepotismo; resulta natural.
En el circo, se va contra el reloj biológico. A los 40 años, ya se está fuera del mercado, a menos que uno sea payaso o domador, pero a los 5, puede uno valerse por sí mismo. Se crece rápido, se empieza en él muy temprano, pero así de pronto también, les extienden su carta de jubilación, y si no saben hacer otra cosa o no estudiaron, quedan pocas opciones. “Yo no estudié”, refiere Monge.

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En el terreno en que se ubica la Carpa Astros, Calzada de Tlalpan 855, se encuentran las oficinas del Circo, que funcionan todo el año. En esas instalaciones, que son de los Atayde desde 1982, se llevan a cabo sus temporadas de Verano y Galas de Invierno. Ahí, Monge me muestra un cartel con el que anunciaron la primera función del circo Atayde con luz eléctrica, y es que no hace ni un siglo que la luz comenzó a llegar a los lugares más apartados en esta República Mexicana, “primero era con luz de hachones y después con luz de gas”, con las que presentaban el espectáculo.
El circo se había ausentado 20 años de México y viajó por Sudamérica, hasta que en 1946 decidió regresar, de eso ya hace 67 años, mismos en los que se ha presentado sin interrupciones año con año en la ciudad de México.
 “Aunque usted nazca dentro de una familia de circo y esté en el circo, no por eso va a ser buen artista. Yo estoy seguro que de 10 niños que nacen en el circo, a lo mejor uno es un artista extraordinario, a lo mejor hay tres más o menos; pero la mayoría son malos”, dice Monge. Aunque Luján Segura, de 32 años y quinta generación de familia circense argentina -acróbata de piso, bascula sobre caballo, cama elástica, maromas-, opina lo contrario. Luján dice que se aprende por imitación y que las nenitas de circo ven el baile de las que trabajan, y después, pasando una o dos semanas, las ves haciendo todo el baile, y si les dices: Salgan, ahí están, quieren salir. Luján es el padre de Leandro, el niño de 5 años que cierra la función.

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Después de estar charlando con Héctor Monge, siento que ya no tengo necesidad de hablar con los Atayde, pareciera que él lo sabe todo. Incluso me cuenta que un artista de circo llega a ganar entre los mil 500 pesos y los 7-8 mil semanales, dependiendo de su acto, aunque no me habla de su salario; además se les paga hotel y alimentos, o se les presta una casa rodante para vivir la temporada si es que no tienen la suya. Una casa rodante puede costar desde los 50 mil hasta el millón de pesos. Me comenta que en el caso de los artistas extranjeros, las contrataciones se hacen con agencias y casi nunca con los artistas mismos, antes no era así, recuerda, ahora todo se puede ver por internet. 
Monge ha visto como ha evolucionado el circo en los últimos 30 años, y si los Atayde consideran que el futuro será sin animales, ciertamente él también lo cree. Los animales cumplieron su función en las poblaciones remotas, cada vez se verán menos en las carpas, y es que hoy día es toda una revolución trasladar animales de un estado a otro, a pesar de contar con los permisos, dice, parece que fuéramos a otro país, y la Secretaría del Medio Ambiente, puede hacer revisiones constantes. Los animales llevan un chip con un número de registro, que también debe ir en todos sus papeles y su historia clínica. Cuando un animal enferma, los veterinarios son llevados de la ciudad de México, pocos están capacitados para atender este tipo de fauna, asevera.

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El Circo Atayde tiene capacidad para 2 mil 500 personas, lo que implica que una función con lleno total, podría reunir 250 mil pesos. Con dos funciones diarias a la semana y a un 50 por ciento de asistencia, obtendrían en promedio un millón 750 mil pesos, “pero no siempre hay mucha gente, a veces está muy triste el circo”, añade Monge.
…Y si bien Alejandro Jodorowski retrató en su película “Santa Sangre”, la vida en el circo, como una gran perversión, parece ser todo lo contrario… Aquí sobreviven los más disciplinados, los más aptos -sin remontar a Darwin-, los más fuertes, los más sanos, los que trabajan en equipo, los que se mantienen alerta ante el peligro constante y quienes se curten a las inclemencias del tiempo, sostiene este erguido soldado.

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*Hace cinco años, entrevisté a la familia Atayde, artistas y personal del Circo. Entonces, elaboré una crónica por los 120 años de vida. Hoy, por sus 125 años y recuperando a los personajes en aquel momento, estructuré a partir de Héctor Monge, una historia sobre esta carpa. Para mí, es como un cuento real. Ustedes dirán.


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